PEQUEÑAS FORTUNAS EN OBJETOS AFORTUNADOS

“La felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”. La frase, obviamente, pertenece al gran Groucho Marx, una verdad incómoda que también podría incluir una pequeña obra de arte.

Un pequeño gesto artístico modifica hasta el más mínimo e insignificante objeto, lo valoriza, personaliza, distingue y lo sitúa entre los favoritos de quien lo posee.

El arte es un vehículo transformador; es la música que uno puede ver en ese objeto que mutó para siempre gracias a la pericia, o falta de ella, del artista en cuestión. Lo cierto es que hay canciones que se quedan para siempre en nuestro Top 10 (aunque esta cifra sea fácilmente corrompible, según el pensamiento marxiano), y hay objetos que gracias al arte se convierten en esos clásicos que bien vale la pena atesorar en épocas de intangibilidades digitales.

Objetos alcanzados por un Big Bang creativo capaz de meter una autopista en una taza, las escamas de un dragón de pocas pulgas en un una moto, una ciudadela en una alcancía, una pesadilla en una guitarra, una diosa hawaiana en un par de zapatillas, una máquina de escribir en una tabla de surf, un abandonado teléfono público llorando la falta de cospeles en un calefón...

En fin, pequeñas fortunas en objetos afortunados.

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